SEISES
Grupo
de niños que desde tiempo inmemorial ejecutan sus
danzas ante el Santísimo Sacramento en deterni-nadas
fiestas del año litúrgico en la Catedral
de Sevilla.
La institución de los Seises fue popular en su
día en catedrales como las de Granada, Cádiz,
Toledo, Valencia, etc.; si bien todo parece indicar que
el origen tanto de la institución como del nombre
hay que buscarlo en la Catedral hispalense, como asegura
Simón de la Rosa en su obra Los Seises de la Catedral
de Sevilla, publicada en 1904. A la hora de pretender
una visión global del devenir de esta institución
a lo largo de los siglos, debemos subrayar algunas fechas
que influyeron de forma determinante en su configuración
y que coinciden en muchos casos con la publicación
de diferentes documentos emanados de la autoridad eclesiástica
competente.
La primera fecha se remonta al 31 de agosto de 1264, en
que el Papa Urbano IV publicó su Bula Ty:nsiturum
de hoc mundo, instituyendo la fiesta del Corpus. En ella
se dice textualmente:; «cante la fe, dance la esperanza,
salte de gozo la caridad», palabras que-Sevilla
interpretaría literalmente, y que ni los Pontífices
siguientes ni el propio Concilio Tridentino, en su exaltación
de la Eucaristía, habían de censurar. Carecemos
hoy de datos concretos que nos permitan situar con certeza
el comienzo de los bailes de Seises; pero si tenemos en
cuentu que tanto el rey San Fernando como sus sucesores
Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV, etc., al dotar al personal
de la Catedral sevillana no olvidan a los «mocos
de coro», no es alocado pensar que esta danza religiosa
existía ya probablemente en el siglo XIV y quizás
antes.
Otra
fecha importante es la del 24 de septiembre de 1439, en
que el Papa Eugenio IV, al hablar por vez primera de «seys
niños cantores» en su Bula Ad exequendum
y concretar las obligaciones que corresponden a los Seises
en la Catedral hispalense, viene a complementar las disposiciones
que se contenían ya en los Estatutos del arzobispo
don Remondo y en las Constituciones de la Catedral. Los
niños Seises estarán en un principio bajo
la responsabilidad del Chantre, sin bien serán
el maestro de capilla o el sochantre los que cuiden de
su instrucción litúrgica y musical. Llevarán
régimen externo y darán sus clases en la
capilla de la Granada de la nuve del Lagarto. En 1532
se convertirán en colegiales, ingresando en el
«Colegio del Cardenal», creado por iniciativa
del arzobispo don Alonso Manrique seis años antes,
becados por el propio arzobispo y el Cabildo Catedral,
donde seguirán un régimen,.ligeramente diferente
de los demás colegiales: los estudiantes de la
carrera eclesiástica y los mocos de coro.
La institución recibirá un impulso decisivo
hacia 1550, como consecuencia de la dotación económica
que el Deán Diego de Carmena, antiguo niño
Seise, destinará a los Seises que «ovicrcn
perdido la voz», «para su estudio y para su
sustentación» durante los cuatro años
siguientes a su muda de voz, «con tal de haber servido
de cantorci-cos por un tiempo de tres unos». Esta
importante dotación. unida a otras, aumentará
considerablemente los alicientes de la institución,
que se verá ampliamente enriquecida y prestigiada,
a! brind.ii u niños de fumilins muchas veces humildes
la posibilidad de un porvenir como jamás pudieron
soñar. Así, contará la Catedral con
niños Seises procedentes no sólo de Sevilla
y su provincia, sino incluso castellanos y leoneses, vizcaínos,
aragoneses, y hasta portugueses. El Colegio del Cardenal
se había tenido que cerrar en 1538, pero a los
Seises no les falta nada, están bajo la tutela
y los cuidados del maestro de capilla.
Un
siglo mas tarde, exactamente en 1645, un Breve del Papa
Urbano VIII viene a confirmar las Constituciones d¿l
Colegio de San Isidoro, reabierto desde el 8 de octubre
de 1635. Es la época dorada de la institución,
como lo es del esplendor y lu magnificencia de los cultos
litúrgicos de la Catedral. En el Colegio de San
Isidoro, los niños seisecicos contarán ahora
—además del maestro de capilla— con un rector y
un vicerrector, maestros de Gramática y de Música,
médico, barbero, portero, despensero, cocinero
y varios criados. Es la época en que nuestra Catedral
recibirá por todo ello el título de «insigne
entre las metropolitanas de la nación española»,
incluso en algunos documentos pontificios.
Por último, merece subrayarse como dato importante
en la vida de esta institución la Ley de Desamortización
de Mendizábal de 1835, que obligará a cerrar
nuevamente el Colegio de San Isidoro por la absoluta imposibilidad
de mantenerlo (a pesar de haberlo hecho con heroicos esfuerzos
por parte del Cabildo durante todo el siglo XVIII con
sus continuas revoluciones y situaciones políticas
nada favorables a h economía de la Iglesia), con
gravísimo riesgo de desaparición de los
Seises, que sin embargo sobrevivirán a duras penas
hasta que en 1884 el Cardenal Cefcrino González
se decida a abrir de nuevo el Colegio, pasando los Seises
a ser responsbailidad y tarea personal del maestro de
capilla, que cuidará de ellos de manera particular,
seleccionándolos de entre los niños de la
Esco-lanía de la Virgen de los Reyes independiente
también del Cabildo Catedral.
En otras Catedrales, como Valencia o Granada, la institución
de los Seises se configura según el modelo sevillano
y seguirá caminos paralelos a la de Sevilla. En
el caso de Valencia los Seises serán instituidos
por el arzobispo San Juan de Ribera, sevillano de nacimiento,
durante su pontificado (1569-1611); y en Granada, será
también un arzobispo sevillano quien reciba amplios
poderes del Papa Inocencio III, a petición de los
Reyes Católicos, para erigir tanto la nueva Catedral
como las Colegiatas y demás iglesias «en
las ciudades y villas del Reino de Granada». También
ahí los Seises dependerán directamente y
desde el principio del maestro de capilla, quien cuidará
tanto de su sostenimiento como de su formación;
y contarán, ya desde 1527, con un colegio sostenido
por el Cabildo Catedral.
Número.
El número de seis, que aparece por vez primera
en la Bula de Eugenio IV citada más arriba y que
vino a consagrar el nombre con que después se conocerían
a los cantorcicos de la Catedral sevillana Seises o Seisecicos,
responde simplemente a la cantidad de plazas de niños
cantores que en aquel momento (1439) se podían
sostener con los frutos de la ración destinada
a tal fin, de acuerdo con las necesidades del canto en
los oficios de la Catedral. Pero este número fluctuará
en las diversas catedrales según las épocas
y las circunstancias. En la de Granada, por ejemplo, en
1520 había cuatro, y en 1535 ya eran seis, según
el P. López Calo S.J. En Sevilla serían
unas veces seis, otras odio, diez, doce y hasta dieciséis
(en 1570 al entrar en Sevilla Felipe II) los niños
danzantes, hasta fijarse —ya a comienzos del siglo XVII—
el número de diez, que continúan hasta hoy.
Su función en la Catedral. De todo lo'cual se deduce
que si hoy identificamos con el nombre de «Seises»
a los diez niños que vestidos de pajes danzan cubiertos
ante el Santísimo en determinados días del
año, no siempre fue así, ni fue ésa
su misión primordial. Los Seises fueron siempre
niños cantores, con obligación de cantar
la voz de tiple en la capilla, musical en los días
de «canto de órgano» o polifonía,
razón por la que se examinaba la calidad de su
voz antes de recibirlos, y una vez admitidos, se les formaba
especialmente en música, cailto y ceremonias, además
de las otras disciplinas humanísticas. Aparte de
esta su misfón primordial, actuarían en
los bailes ante el Santísimo y protagonizarían
fiestas como la del «Obispillo o los juegos de Resurrección.
Pero esto nunca fue su tarea fundamental ni la más
importante, con llegar a ser la más característica
y admirada.
Naturaleza de sus danzas. La danza, expresión corporal
de entusiasmo y de júbilo, penetra en el culto
cristiano desde tiempo inmemorial como manifestación
externa de alegría y agradecimiento a Dios por
los beneficios recibidos. En Sevilla habrá que
remontarse seguramente hasta el propio siglo XIII en que
Urbano IV instituye la fiesta del Corpus, para encontrar
el origen de aquellas «dancas de ombres e de mugeres»
que a lo largo de cuatro o cinco siglos se ejecutaron
ante el Sino. Sacramento en la Procesión del Corpus,
promovidas por gremios y otras asociaciones y sostenidas
a veces económicamente por el propio Cabildo de
la ciudad. Eran aquellas «dunzas de la Ciudad»
ejecutadas por personas de ambos sexos, enmascaradas y
con las cabezas cubiertas, y con acompañamiento
de instrumentos tan ruidosos como tamboriles, panderetas
y pitos, bien detrás de la Custodia o a la cabeza
de la procesión, junto a los gigantes. No es necesario
subrayar los desmanes y frivolidades d que daríun
pie unas danzas de estas características, amparadas
en el anonimato de unas máscaras, ni tampoco los
dolores de cabeza que ocasionarían a la jerarquía
eclesiástica, que teñí:» la
obligación de mantener, por encima de todo, el
respeto, la honestidad y el sentido religioso de una procesión
como la del Corpus. De ahí la profusión
de documentos eclesiásticos y reales condenando
las irreverencias e invitando al orden y decoro de las
danzas, cortando los abusos y reformando viejas costumbres,
hasta llegar a 1780 en que Carlos III, en una Real Orden
del 21 de junio, ordena que «en ninguna iglesia
de estos reinos hubiese en adelante danzas ni gigantes,
y que cesare este uso en las procesiones y demás
funciones eclesiásticas».
Pero los bailes de los Seises no van a caer dentro de
esta prohibición. No tienen nada de pagano ni de
irreverente. Se trata de dan/as religiosas, en las que
un grupo de niños varones, sin máscaras
ni instrumentos ajenos a la Iglesia, cantan y bailan chanconetas
y villancicos, acompañados por los ministriles
bajo la dirección del amestro de capilla. La posición
inicial de estos diez niños (dos «puntas»,
dos «segundos» y un «tranca» a
cada lado) se asemeja a la de la «seguidilla».
Pero ni por la actitud de los brazos (sin balanceo alguno),
ni por el movimiento de los pies (que se reduce a avanzar
lentamente y sin saltos en distintas direcciones, levantándose
sobre las puntas de sus pies a cada paso que dan), ni
por el estilo de sus trajes uniformados (de ángeles
con guirnaldas de flores prendidas en las sienes, en el
siglo XV; de peregrinos en 1548, siendo maestro de capilla
Pedro Fernández de Castilleja; de Pastorcitos con
cascabeles pendientes de brazos y piernas en 1556 y 1557,
siendo maestro Francisco Guerrero; con gorras de damasco
con plumas, en vez de las guirnaldas, desde 1564; de pajecillos
cortesanos, en rojo y blanco para el Corpus y Carnaval
ya en 1613 y en azul y blanco para la Inmaculada desde
1617 hasta nuestros días), ni por el tenor de las
letras o el ritmo de su música, completamente expurgado
de todo sabor pagano, puede compararse este baile con
las tradicionales «danzas de la Ciudad» recordadas
más arriba. También los Seises bailarán
cubiertos, pero eso en sí no es señal de
irreverencia, como no lo es ni en el clero mitrado ni
en los cofrades penitentes. Y estos bailes estarán
en todo momento controlados y supervisados por el Cabildo
Catedral que los instituyó un día en recuerdo
de David danzando ante el Arca de la Alianza, y que lo
único que pretende es que, en una manifestación
tan semejante a aquélla, no falte un elemento tan
importante como digno: el baile ingenuo y artístico
de unos niños Seises.
En un principio, con motivo del Corpus, los Seises danzaban
en el trascoro, ante la Custodia y las autoridades, el
día de la fiesta y el último día
de la octava. Sólo desde 1613 lo harán también
en el Altar Mayor durante toda la octava, y esto por dotación
especial del Sr. Arcediano de Carmona, D. Mateo Vázquez
de Leca. Más tarde, en. 1617, lo harán también
en la fiesta de la Inmaculada, solemnizada por el Papa
Paulo V; y a partir de 1654 en toda su octava por dotación
del canónigo Núñez de Sepúlveda.
Además
de estas actuaciones y de las tres correspondientes a
los días de Carnaval, han actuado también
de manera excepcional en acontecimientos extraordinarios,
como las visitas a Sevilla de los reyes Felipe V u Isabel
II, del Nuncio Cretoni o del Cardenal Mancha; en el II
centenario de la muerte de Murillo (1882); e incluso se
desplazarán a Madrid en 1911 y a Zaragoza en 1961
para actuar en los Congresos Eucaríslicos celebrados
en dichas ciudades. También lo harán en
el celebrado en Sevilla en 1968.
Las composiciones musicales que se bailaron hasta el siglo
XVIII en la Catedral scvillan.i lian desaparecido de su
archivo. Tarea obligatoria de los maestros de capilla
en ejercicio, se conservan tan sólo algunas de
las compuestas a partir de 1768, correspondientes a los
maestros Antonio Ripa, Domingo Arquimbau, Hilarión
Eslava, Evaristo García-Torres y Eduardo Torres.
Las que se interpretan actualmente pertenecen a D. Evaristo
García-Torres, maestro de capilla que fue desde
1864 a 1895.
La Jerarquía y los bailses de Seises. A pesar de
cuanto se ha dicho respecto a la dignidad de estos bailes,
muy distintos en su espíritu y en su realización
a las «danzas de la Ciudad», tampoco se han
visto libres siempre de censuras y hasta de amenazas de
desaparición, por tratarse fundamentalmente de
unas dan/as singulares, no incluidas en las rúbricas
del Ritual romano, y también porque no siempre
supieron librarse de ciertos elementos y modismos que
ponían en tela de juicio un nivel aceptable de
seriedad y religiosidad. Recordemos a este respecto, por
ejemplo. la advertencia del Cabildo al maestro de capilla
fray Francisco de Santiago, cuando en 1621 presentó
a los niños Seises armados con arreos de combate
(dagas al cinto, broqueles y lanzas), evocando una danza
guerrera, impropia a todas luces del templo y de la celebración.
Pero cuando la pervivencia de los bailes de Seises corrió
el mayor riesgo de desaparición fue durante el
pontificado en Sevilla del arzobispo D. Jaime de Palafox,
nombrado por el Papa Inocencio XI en 1682. El quiere poner
orden y denuncia ante la Sgda. Congregación romana
del Concilio el baile, durante la octava del Corpus, de
unos niños con trajes de danzantes, dando a veces
la espalda al Santísimo en la Custodia y con la
cabeza cubierta. El Cabildo metropolitano no está
de acuerdo con la opinión del arzobispo. Pero éste
hace ambiente a su favor en Roma y consigue una Carta
de dicha Congregación acompañada de un Mandamiento
de la Nunciatura en Madrid, ordenando «bajo censuras
tatué sententiae quitar el abuso de la danza de
los seises». El Rey Carlos 11 por otra parte, más
respetuoso con la tradición sevillana y más
comprensivo con la postura del Cabildo, recomienda tres
meses después «se procurara conciliar los
pleitos» entre arzobispo y Cabildo. Pero la intransigencia
domina por ambas partes y el Cabildo, el 15 de julio de
1701, acuerda «que se defendiese su tan antigua
posesión judicial y extrajudicial-mente».
Cinco meses después fallece el arzobispo aragonés,
y con la llegada de su sucesor, D. Manuel Arias y Po-rres,
desaparece el problema al decidir «que todas las
diferencias promovidas por el Señor Palafox...
se habían de dar por extinguidas y a las partes
por desistidas de los litigios...». Todavía
en 1729, el entonces Cardenal Prefecto de la Sgda. Congregación
del Concilio escribirá al Arzobispo sevillano Cardenal
D. Luis Salcedo, invitándole a que «procurase
persuadir ...al Cabildo... a ver si de este modo conseguía
hacer cesar poco a poco la costumbre... y conquistaba
la no pequeña gloria de haberla suprimido»,
pero el Cardenal sevillano deja sin contestación
esa carta y decide que las cosas sigan como estaban, optando
por la concordia.
A partir de este momento serán muchas las ocasiones
en que, sobre todo por motivos económicos, estarán
los bailes de Seises amenazados de desaparición;
pero el esfuerzo del Cabildo por mantener a la mayor altura
posible la solemnidad y magnificencia de los cultos catedralicios
y el apoyo incondicional de un pueblo celoso de sus tradiciones,
como es el sevillano, harán que se superen siempre
las dificultades, y que hoy —después de varios
siglos— sea la de Sevilla la única Catedral española
que conserva una tradición tan hermosa y entrañable,
que realza fiestas tan grandes de nuestra liturgia como
el Corpus Christi y la Inmaculada.
Fuente de procedencia de este documento:
GRAN ENCICLOPEDIA DE ANDALUCÍA. Promociones Culturales
Andaluzas