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Severo, distante, castellano, austero, grave, estricto, fiel, mesurado,
y también cariñoso y bondadoso, curtido
en la adversidad, ajeno a adulaciones y lisonjas, consagró
su vida a Dios, dedicando gran parte de ésta
a la música, entregado al proyecto de una Escolanía
que enalteciera el culto de la Catedral accitana y paseara
por el mundo la voz prístina y personal de la
entrañable, hermosa y monumental ciudad de Guadix.
Y así fue. Adentrado en la última etapa
de su vida, el Alzheimer ha clausurado para siempre
la sonrisa abierta de Don Carlos, y el color tan saludable
de su semblante ha sido sustituido por el cerúleo
de la muerte, y su vigor recio y espartano, doblegado
en unos meses. Dijo un pensador, y con qué razón,
que es en el momento de la muerte cuando uno comprende
la nada de todas las cosas. El Maestro Ros lo sabía
muy bien.
Don Carlos se ha marchado con discreción, y ha
cogido desprevenidos a tantos devotos suyos que de veraneo
o privados de la triste noticia no han podido acompañarle
a la última morada. No es extraño, pues
no ha hecho más que repetir el comportamiento
de casi toda su vida: «¿Dónde está
Don Carlos?», preguntamos en tantas ocasiones,
a la conclusión de la actuación de la
Escolanía. «Pues en el autobús,
con los niños. Ya sabe». Él no se
entretenía. Iba al grano y no le interesaban
las cosas que no tuvieran que ver con su misión.
La noche del velatorio se hizo corta entre cantos y
recuerdos de sus queridos escolanos que, como unos meses
antes en la residencia, dedicaron a la memoria de Don
Carlos miles de compases ensayados e interpretados durante
cerca de cincuenta años. De cuerpo presente -amarillo
su gesto, amarillas sus manos, su mirada ida definitivamente-,
sus despojos marmóreos recibieron las ondas de
tantas músicas, hasta unas horas antes, vida
de este hombre ejemplar. «¿Se ha marchado
para siempre nuestro padre, nuestro amigo, nuestro modelo
incontestable?», se preguntaban algunos. Desgraciadamente,
así es. Las coronas de flores daban testimonio
de gratitud. Un ramillete solitario con la leyenda «si
mi amor te olvidare, tu no te olvides de mí»,
eco de aquel Salve, Madre, interpretado muchas veces
por los 'ruiseñores de la Alhambra', así
se les llamó a los Niños Cantores en cierta
ocasión con motivo de sus intervenciones en el
Festival Internacional de Música y Danza de Granada,
zarandeó a algún que otro corazón.
Un escolano recordaba cómo el pan y el chocolate
habían sido alimento eficaz en tantos viajes
de milagrosa economía, igual que las dos naranjas
sirvieron de único consuelo a los estómagos
de la Escolanía antes de irse a dormir en épocas
de carestía.
El féretro fue despedido en la puerta de la Catedral
con un largísimo aplauso, eterno me pareció,
mientras las lágrimas de tantos amigos y devotos
de Don Carlos, desconsolados contagiaban los sagrados
muros que se resistían a dejarlo ir a su descanso
definitivo. «Me gustaría que me despidieran
en mi muerte así», oigo decir a alguien.
A hombros de escolanos, como preciado tesoro, fue llevado
desde la Catedral al cementerio. Antes había
entrado por la puerta principal, no sin inundar de cantos
recios las calles colindantes, al son de los acordes
de un órgano exaltado.
«Escolanos. Don Carlos ha muerto. Viva Don Carlos»,
clamó desde el corazón un cantor cuando
los restos mortales descendían al sepulcro, mientras
los cipreses cual tubos gigantes de órgano silbaban
melodías ininteligibles pero que nos sobrecogían
a todos en un ambiente de tristeza, resignación
y paz.
El hábito marrón de los Hermanos Fossores
nos recordó con el ritual toque de campana que
esto va rápido. Han pasado treinta años
desde el inicio de nuestra amistad. Cómo se va
la vida. Sigamos fastidiando a los demás. Total:
qué más da. La Escolanía no debe
morir, decimos muchos. Además, la conmemoración
de su cincuenta aniversario está a la vuelta
de la esquina. La Real Academia de Bellas Artes de Granada
le concedió a Don Carlos Ros la Medalla al Mérito
el pasado mes de junio. Años antes, el Excelentísimo
Ayuntamiento de Guadix le entregó su mejor título.
Descanse en paz el Director de la Escolanía 'Niños
cantores' de la Catedral accitana. Paz eterna para Don
Carlos. Le recordaremos siempre. Acuérdese de
nosotros. Hasta siempre, querido amigo.
José García Román. Granada
(Publicada en Ideal, diario de Granada, 9 de Julio de
2003)
Este Artículo pertenece al libro:
"Escolanía Niños
Cantores de la Catedral de
Guadix: 50 años de Historia Musical"
que se publicará el año próximo,
con motivo del 50 aniversario.
Autor: José Manuel Baena
Herrera
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