- ¿Y has pensado ya cómo
vas a mantener la ilusión de los niños por
el canto?- le inquirió don Jerónimo mientras
se sentaba en el banco de piedra, mirando al campanario
de la Catedral, de espaldas al ayuntamiento.
La Plaza de las Palomas, como era popularmente conocida
la Plaza del Ayuntamiento, era el lugar de reunión
informal de los jóvenes sacerdotes antes de retirarse
a sus hogares entre las 7 y las 8 de la tarde.
Aquel día de 1956, primeros de septiembre, aún
no había empezado a refrescar y se hacía
difícil acercarse siquiera a la zona soleada de
la plaza, así que todos buscaban la sombra como
si quisieran fundir sus sotanas con el oscuro del granito.
- ¿Te parece poco aliciente ofrecer estudios gratuitos
para los cantores, actividades deportivas por las tardes
y cursos de inglés, francés y mecanografía?-
saltó al quite don Jesús, el más
joven, alumno de don Carlos, a quien miraba de reojo comprendiendo
lo abrumado que debía sentirse su corazón
ante la difícil empresa que se había encomendado,
a pesar de haber sido idea suya.
- Tiene razón, Jesús, los estudios gratuitos
son un excelente aliciente para los padres, pero a los
niños y los mociquillos, hay que ganárselos
con algo más que bonitas canciones.- Replicó
Cecilio, siempre tan práctico.- ¿qué
te parecería utilizar el seminario de Jerez del
Marquesado para realizar campamentos veraniegos?, seguro
que si lo solicitas no te dirán que no.
- Ah! Es una excelente idea.- Asintieron todos a la vez.
Don Carlos sonreía sin decir nada dejando que sus
amigos bromearan sobre las actividades que más
les gustaría hacer a los jóvenes y, cuando
ya pensaban que esa era la mejor idea de la tarde don
Carlos dijo enigmáticamente:
- Creo que hay algo mejor que podríamos hacer por
los niños. Podríamos conseguir que recorrieran
todo el país y toda Europa visitando las ciudades
más importantes del continente, que canten sus
alabanzas a Dios en los templos más destacados
de la cristiandad y que abran sus ojos y sus espíritus
a otras culturas, otras formas de pensar; que reciban
en definitiva la enseñanza humanista de la forma
más alegre y eficaz que existe: viajando.
Aquellas palabras despertaron primero sorpresa, luego
unas ligeras sonrisas incrédulas, para luego abrir
paso a una admiración contenida.
- Sin duda el esfuerzo merecería la pena, pero…¿cómo
se pueden conseguir esos viajes?, acaso piensas que nuestro
humilde coro llegará algún día a
ser tan importante como el Orfeón Donostiarra o
los Niños Cantores de Viena?,
- ¡Dios me libre!, jamás pensé en
algo así. No, no, de ningún modo. Yo había
pensado en algo mucho más sencillo y efectivo.
Había pensado en asociarnos a la Federación
Internacional de Pueri Cantores. Ésta mañana
he escrito al padre Prieto que es actualmente su presidente.
En pocos años, si todo sale bien con la ayuda de
Nuestro Señor, podremos realizar un viaje de vez
en cuando.
- ¿Y cómo piensas costear todos esos viajes?,
ya sabes que hay cientos de iglesias por restaurar en
la diócesis y el colegio no dispone de fondos ni
para pagar a los maestros contratados.- Se atrevió
a responder don Jerónimo.
- Dios proveerá querido amigo, Dios proveerá.
Desde el primer momento don Carlos sabe de la dificultad
de mantener el interés de los niños en el
coro. Es enorme el sacrificio que deben realizar diariamente,
ensayando una hora como mínimo, participando en
todas las fiestas de la Catedral y todos los domingos,
dejando de lado fines de semana, vacaciones o fiestas
de guardar. No era suficiente proponer actividades deportivas
por las tardes, invitar a los niños a campamentos
de verano en el seminario de Jerez del Marquesado, crear
rondallas o dirigir el colegio con la mejor oferta educativa
de la comarca.
Aún faltaba algo que, con el tiempo, se convertiría
en el principal aliciente de todos los escolanos: los
viajes; los viajes por toda España, y más
aún, los viajes por toda Europa. Para algunos niños
criados en las cuevas de Guadix eran escasas las posibilidades
de salir al exterior si no era para emigrar con sus padres
en busca de una vida mejor, algo que no pocos acabaron
haciendo en los años 60.
Aún sabiendo que no era lo más importante,
pues para don Carlos el mayor honor que se podía
tener era la alabanza a Dios a través del canto,
no dudó en ponerse en contacto con otro sacerdote
con el que llegaría a tener una larga amistad.
El padre Ignacio Prieto.
No sería hasta el verano de 1964 que no se animaría
don Carlos a aceptar una invitación de la Federación
Internacional, y lo hizo porque ese año confluyeron
tres motivos: en primer lugar, el más práctico,
porque se celebraba en Madrid, su ciudad natal y la más
cercana capital europea; en segundo lugar, porque ya había
admitido el hecho de que “su” Escolanía tenía
nivel suficiente como para hacer un papel digno representando
a su ciudad; y en tercer lugar, tal vez el más
importante al principio, por el apoyo, ánimo y
ayuda inestimable de don Vicente Moreno, que lo convence
de la calidad del coro y le aporta solidez en el entramado
institucional que permite recibir ayudas y subvenciones
de diversas corporaciones y entidades públicas
y privadas.
Era el IX Congreso Internacional y la Escolanía
acudía como novata con la ilusión contagiosa
de un niño y el deseo de hacerlo lo mejor posible.
Y de qué manera… de allí surgió enseguida
la posibilidad de realizar una grabación en disco
para la casa Hispavox.
Al poco tiempo, y tras el excelente papel en Loreto 66,
participamos en el XI congreso en Roma en 1967, donde
deslumbra la maravillosa voz de Antonio Buendía.
Tal fue la repercusión de su actuación que
recibió la invitación del director de la
Capilla Sixtina para quedarse realizando estudios en la
famosa institución Vaticana.
Tres años después acudimos a la ciudad alemana
de Würzburg que acogió el XIII Congreso Internacional
de Pueri Cantores durante los días 23 al 27 de
Julio de 1970. Fue en tierras germanas donde iniciamos
una costumbre por la que nos sentimos orgullosos y honrados:
representamos a nuestro país en el Concierto de
las Naciones, honor que se repetiría en varias
ocasiones más: Venray, París, Roma, Viena
...
Se repetían los éxitos para la Escolanía
y los niños se ilusionaban cada vez más
con los viajes tan extraordinarios, las amistades, esos
lugares donde crecía césped de manera natural,
donde existía algo llamado “carril bici”.
Al poco tiempo intercalamos las salidas al extranjero
con los congresos nacionales, como los de Vigo 71, Toledo
73, Zamora 77, Leon 79, Ávila 81, y un largo etcétera,
hasta llegar a Barcelona, última cita a la que
acudió la Escolanía de manos de su fundador,
don Carlos Ros. Han sido más de 35 años
ligados a una institución que nació para
hacer olvidar los horrores de una guerra a través
de las limpias voces de los niños europeos y que
pronto unió en un único himno a todo el
mundo.
Seguramente la ilusión que nos llevó a recorrer
media Europa es la misma que atrae a cientos de jóvenes
a estos congresos, y que se extiende y crece con los niños
que alguna vez participaron en este maravilloso evento.
Larga vida a las Escolanías, larga vida a la Federación
Internacional y sus afiliados nacionales.